Había que detener a las ardillas con dardos. Eran
todas parecidas pero la genética, en algunas, hizo pequeñas diferencias. Sólo
dos eran blancas y negras. La mayoría eran marrones y con la panza blanca, una
especie asiática con las orejas en tonos más oscuros. Eran hábiles para huir.
Hubo pocas que fueron capturadas por familias que intentaron domesticarlas
pero, al primer descuido, las ardillas escapaban y trepaban a los árboles de
las otras casas. Se reproducían fácilmente y demostraban una gran aptitud para cambiar
sus hábitos alimenticios. Comían cables, mangueras, caños de PVC, neumáticos de
autos, maderas de los techos y botellas plásticas. Dos niños habían sido
mordidos y se advirtió por el noticiero que, ante situaciones similares, las
personas atacadas debían ser vacunadas contra la rabia. En las plazas había de
todo: jóvenes y chicos que preparaban trampas para capturarlas; la mayoría de
la gente con sus cámaras de fotos; cámaras de televisión; asociaciones en
defensa de los animales y uniformados de gendarmería. También se había
presentado un hombre que decía odiar a las ardillas y que se había colgado en
el pecho una imagen ampliada de una ardilla masticando una bolsa. La imagen
estaba cruzada por una franja roja de prohibición.
Luego de tres horas en el lugar, y sin la
presencia de ningún ejemplar, el periodista del noticiero decidió entrevistar
al hombre que odiaba a las ardillas. Su nombre era Tomás y tenía unos cincuenta
años. Era farmacéutico pero estaba desocupado. Acusaba a las ardillas de ser
animales muy sucios que transmitían muchas enfermedades. Se refería al episodio
como una “invasión biológica”. Dijo que eran, incluso, más sucias que las
cucarachas. También expuso amplios conocimientos sobre los sistemas de limpieza
con los que contaban las cucarachas. El periodista no podía ocultar su desagrado cuando
Tomás hablaba de estos bichos con tanta simpatía. “Son necesarias”, dijo
finalmente, “y las ardillas no”. Al hombre le preocupaba, sobre todo, la forma
en que estos animales foráneos adaptarían sus hábitos alimenticios. Dijo que
serían capaces, incluso, de comerse otros insectos y que los turistas que las
habían traído deberían estar presos. El gobierno municipal había autorizado la
caza indiscriminada y algunos niños, acompañados por sus padres, habían
invadido plazas y parques son rifles de aire comprimido. Ante las quejas de
diferentes organismos que defendían los derechos de los animales, el intendente
anunció que la captura se realizaría por parte de las fuerzas armadas según
instrucciones del Departamento de Control de Plagas.
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