viernes, 13 de enero de 2012

veintisiete ardillas




Había que detener a las ardillas con dardos. Eran todas parecidas pero la genética, en algunas, hizo pequeñas diferencias. Sólo dos eran blancas y negras. La mayoría eran marrones y con la panza blanca, una especie asiática con las orejas en tonos más oscuros. Eran hábiles para huir. Hubo pocas que fueron capturadas por familias que intentaron domesticarlas pero, al primer descuido, las ardillas escapaban y trepaban a los árboles de las otras casas. Se reproducían fácilmente y demostraban una gran aptitud para cambiar sus hábitos alimenticios. Comían cables, mangueras, caños de PVC, neumáticos de autos, maderas de los techos y botellas plásticas. Dos niños habían sido mordidos y se advirtió por el noticiero que, ante situaciones similares, las personas atacadas debían ser vacunadas contra la rabia. En las plazas había de todo: jóvenes y chicos que preparaban trampas para capturarlas; la mayoría de la gente con sus cámaras de fotos; cámaras de televisión; asociaciones en defensa de los animales y uniformados de gendarmería. También se había presentado un hombre que decía odiar a las ardillas y que se había colgado en el pecho una imagen ampliada de una ardilla masticando una bolsa. La imagen estaba cruzada por una franja roja de prohibición.
 Luego de tres horas en el lugar, y sin la presencia de ningún ejemplar, el periodista del noticiero decidió entrevistar al hombre que odiaba a las ardillas. Su nombre era Tomás y tenía unos cincuenta años. Era farmacéutico pero estaba desocupado. Acusaba a las ardillas de ser animales muy sucios que transmitían muchas enfermedades. Se refería al episodio como una “invasión biológica”. Dijo que eran, incluso, más sucias que las cucarachas. También expuso amplios conocimientos sobre los sistemas de limpieza con los que contaban las cucarachas. El periodista no podía ocultar su desagrado cuando Tomás hablaba de estos bichos con tanta simpatía. “Son necesarias”, dijo finalmente, “y las ardillas no”. Al hombre le preocupaba, sobre todo, la forma en que estos animales foráneos adaptarían sus hábitos alimenticios. Dijo que serían capaces, incluso, de comerse otros insectos y que los turistas que las habían traído deberían estar presos. El gobierno municipal había autorizado la caza indiscriminada y algunos niños, acompañados por sus padres, habían invadido plazas y parques son rifles de aire comprimido. Ante las quejas de diferentes organismos que defendían los derechos de los animales, el intendente anunció que la captura se realizaría por parte de las fuerzas armadas según instrucciones del Departamento de Control de Plagas.

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