jueves, 24 de mayo de 2012

Calisto (1)


Calisto solía tener popularidad entre las mujeres. No era lindo ni corpulento pero sí lo suficientemente brutal. Era delgado y tenía su hombro izquierdo desgarrado. Caminaba como un simio, acentuando su desprolijidad dando un salto corto con su pie derecho. Se balanceaba así y arrastraba su brazo izquierdo, que parecía inmóvil y sin vida. Por la actividad reducida sobre ese lado de su cuerpo, su brazo era mucho más delgado y su mano parecía más huesuda. Muchas mujeres se fascinaban oyendo los gruñidos que lanzaba mientras despedazaba la carne con sus dientes. No podían evitar relacionar su agresividad para alimentarse con su desempeño sexual. Las manos brillosas y el abdómen llenos de grasa animal… Su piel era húmeda y velluda. Tenía tres perros callejeros que lo seguían a todas partes y las mujeres solían esperar alguna ocasión festiva para estar a su disposición cuando sus deseos carnales más violentos lo llevaran a besuquearlas y tocarlas sin pedir permiso. Ellas le pegaban en la espalada mientras él se las cargaba encima y las llevaba a algún callejón. Para mayor comodidad, podían echarse sobre bolsas de basura, montículos de hojas o sobre el pasto. Todos observaban el espectáculo. Estaban tan ebrios que no podían siquiera moverse de su lugar, tumbados de costado y sosteniendo sus  cabezas entre las manos. Como si fueran parte de ello, gritaban y gemían con placer y dolor. Los que aún se mantenían en pie, se movían torpemente y en forma exagerada alrededor de Calisto con una tensión sostenida que podía unirlos en movimientos desarticulados pero uniformes. Se encontraban satisfechos y con grandes sonrisas en sus caras.