Calisto solía tener popularidad entre las mujeres. No era
lindo ni corpulento pero sí lo suficientemente brutal. Era delgado y tenía su
hombro izquierdo desgarrado. Caminaba como un simio, acentuando su
desprolijidad dando un salto corto con su pie derecho. Se balanceaba así y arrastraba su brazo izquierdo, que
parecía inmóvil y sin vida. Por la actividad reducida sobre ese lado de su
cuerpo, su brazo era mucho más delgado y su mano
parecía más huesuda. Muchas mujeres se fascinaban oyendo los gruñidos que
lanzaba mientras despedazaba la carne con sus dientes. No podían evitar
relacionar su agresividad para alimentarse con su desempeño sexual. Las manos
brillosas y el abdómen llenos de grasa animal… Su piel era húmeda y velluda.
Tenía tres perros callejeros que lo seguían a todas partes y las mujeres solían
esperar alguna ocasión festiva para estar a su disposición cuando sus deseos
carnales más violentos lo llevaran a besuquearlas y tocarlas sin pedir permiso.
Ellas le pegaban en la espalada mientras él se las cargaba encima y las llevaba
a algún callejón. Para mayor comodidad, podían echarse sobre bolsas de basura,
montículos de hojas o sobre el pasto. Todos observaban el espectáculo. Estaban
tan ebrios que no podían siquiera moverse de su lugar, tumbados de costado y
sosteniendo sus cabezas entre las
manos. Como si fueran parte de ello, gritaban y
gemían con placer y dolor. Los que aún se mantenían en pie, se movían
torpemente y en forma exagerada alrededor de Calisto con una tensión sostenida
que podía unirlos en movimientos desarticulados pero uniformes. Se encontraban
satisfechos y con grandes sonrisas en sus caras.